viernes, diciembre 12, 2025
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Quito respira leyendas: Recorre el Centro Histórico con los mejores relatos

En este nuevo episodio de Cronistas, acompañamos a Valentina en su recorrido por la Carita de Dios en busca de tres de las más emblemáticas leyendas de la capital: El Padre Almeida, El Gallo de la Catedral y la Leyenda de Cantuña. Un episodio lleno de historia y pertenencia.

El Padre Almeida

Nuestra primera parada fue la Basílica del Voto Nacional. En este lugar contamos la leyenda del Padre Almeida, aunque históricamente la historia se desarrolla en el Convento de San Diego. Esta basílica nos llevó a épocas coloniales. Cuenta la leyenda que el Padre Almeida era un sacerdote al que le gustaba mucho la fiesta; por tal razón siempre se escapaba a medianoche del convento donde residía, teniendo que pisar una estatua a tamaño real de Jesucristo.

En una de tantas noches en las que el párroco salió de madrugada, fue increpado por la figura de Jesucristo con las palabras: “¿Hasta cuándo, Padre Almeida?”, a lo que el sacerdote contestó: “Hasta la vuelta de la esquina, Diosito”. Posterior a eso, Almeida ya se encontraba regresando al convento cuando se topó con un velorio. El susto se lo llevó cuando se vio a sí mismo reflejado en el ataúd. Almeida recapacitó y nunca más volvió a tomar.

El Gallo de la Catedral

Don Ramón era una persona adinerada pero de mal corazón. Siempre tenía una rutina marcada: desayunaba lo mismo todos los días y por la noche salía a tomarse unos tragos con sus amigos. En su camino de vuelta a casa, Ramón siempre se encontraba con una pequeña estatua de un gallo, a la que decía: “¡Para mí no hay gallos que valgan! ¡Ni el gallo de la Catedral!”.

En uno de los tantos insultos que don Ramón propinaba a esta figura, el gallo cobró vida y saltó hacia el tomado Ramón, picoteándolo y haciéndole jurar que jamás volvería a beber ni a insultarlo. A partir de eso, el señor recapacitó y logró rehabilitarse.

Si bien el desenlace de esta leyenda es inconcluso, algunos mencionan que simplemente se trató de una broma de mal gusto que sus amigos le hicieron para que dejara las bebidas alcohólicas. Otros afirman que realmente este animal cobró vida para darle una lección.

La Leyenda de Cantuña

Cantuña era un indígena que fue contratado por los hermanos franciscanos para construir el atrio de San Francisco en seis meses. A pesar de que el tiempo era muy corto, Cantuña, tentado por el dinero, decidió aceptar el trato. Resulta que el tiempo y el dinero pasaron volando, y Cantuña no tenía nada del trabajo hecho hasta la noche previa a la entrega oficial.

Cantuña entró en desesperación e invocó a un ser del más allá. El diablo se hizo presente y le ofreció acabar el atrio de San Francisco en una sola noche. Cantuña no tuvo más opción que aceptar el trato, siempre y cuando la obra estuviera completa “hasta la última piedra”. El diablo aceptó y empezó el trabajo.

La construcción avanzó con una rapidez sobrehumana y parecía que al amanecer todo estaría concluido. Pero Cantuña, astuto y temeroso de perder su alma, recurrió a un truco: antes de la medianoche escondió una piedra del atrio. Así, cuando los primeros rayos del sol aparecieron, el atrio estaba casi completo… pero faltaba una piedra.

El demonio, furioso, no pudo reclamar el alma de Cantuña porque el pacto estipulaba que la obra debía quedar totalmente terminada. Desde entonces, se dice que en el atrio de San Francisco siempre falta una piedra como testimonio de la victoria del ingenioso alarife sobre el diablo.

Estas tres leyendas, más que simples relatos populares, revelan la profunda identidad cultural que se respira en cada rincón de Quito. En Cronistas, buscamos precisamente eso: reconectar a las nuevas generaciones con las historias que han dado forma a la memoria colectiva de la ciudad. A través del viaje de Valentina, entendemos que cada mito encierra una enseñanza, un pedazo de pasado y una invitación a mirar nuestro patrimonio con orgullo y curiosidad. Porque conocer estas leyendas no solo nos acerca a la historia, sino también al espíritu vivo de la Carita de Dios.

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