sábado, junio 22, 2024
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El lado oscuro del país de las maravillas

Por Nycolle Proaño

“Alicia pensó para sí: ahora veremos una película hecha para niños…quizás. Pero no olvides que debes cerrar los ojos porque de otra manera no verás nada”. Něco z Alenky


En el año de 1865, Lewis Carroll, le regaló al mundo una de las historias más originales, alocadas y versátiles de la historia de la literatura: Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas. Un cuento que juega con lo absurdo y la ensoñación, con personajes inolvidables, llenos de significación y personalidad.


En 1988, el gran artista visual Jan Švankmajer presentó su versión en un film independiente. Una libre adaptación donde Jan obliga al espectador a olvidar los coloridos parajes de otras versiones invitándolo a deleitarse con un carnaval de lo grotesco y lo siniestro. Visualmente ajustada para crear una obra intensamente onírica que te lleva a la interpretación desde el subconsciente, Alicia se presenta como la narradora de su propio sueño, presentándonos un mundo donde las dimensiones, las simetrías, el significado del tiempo y la continuidad del espacio son inexistentes. Empieza con un conejo blanco disecado que revive frente a los ojos de Alicia, siempre apurado en llegar a un lugar que nunca se especifica. Todas las escenas que corresponden a la obra literaria están presentes, pero bajo los términos macabros del artista, envolviendo a la obra en una ligera pero permanente sensación de miedo, peligro y muerte.


“Todas las adaptaciones de Alicia son presentadas como un cuento de hadas, pero Carroll la escribió como un sueño. Y entre ellos hay una diferencia fundamental: si bien un cuento de tiene un aspecto educativo con moraleja, el sueño, que vive en nuestro inconsciente, persigue la realización de nuestros deseos más secretos sin tener en cuenta las inhibiciones racionales y morales porque está impulsada por el principio del placer”. Explicó el cineasta checo en una entrevista.


La película es ambientada en Praga. “Pero esta no es la Praga de las guías turísticas, sino la Praga de mi infancia” afirma Jan. En el filme se apreciarán los suburbios de la ciudad: casas con paredes desconchadas, sótanos misteriosos, escaleras sucias y patios escondidos. Conjuntamente, las tomas permanecen en planos cerrados, las escenografías se encierran con facilidad en habitaciones sucesivas de una casa que parece no tener forma, ricos en elementos conceptuales que conforman un banquete visual al deleite del ojo y la mente subconsciente del espectador. El filme es un perfecto híbrido conformado por los elementos de animación (realizado por Bedřich Glaser), stop-motion y un registro de lo real para convertirla en una aventura siniestra.


Esta cinta consta solo de sonido ambiente y las breves narraciones de la protagonista que se encarga también de darle voz a los personajes que se le presentan. Son los ojos expresivos, la boca de la niña relatando y sus expresiones que rayan en lo macabro lo que dan ruido al film. Todos sus elementos son en demasía relevantes y cada uno de ellos dieron como resultado una versión donde Švankmajer insiste en subrayar que nadamos en una ficción creada por una niña que nunca teme y simplemente reacciona a los elementos de su entorno y se deja llevar por los acontecimientos que se le presentan.


La capacidad de Jan de recrear una nueva realidad hace de esta animación una experiencia sensorial con un ruido alucinógeno, está repleta de criaturas sacadas de pesadillas infantiles, el sentimiento de opresión y claustrofobia es inevitable pero no pierde ni por un segundo el espíritu infantil. Carroll, en su obra, apelaba al ingenio y al absurdo. La traducción de ese cosmos por parte de Švankmajer utiliza intenciones parecidas, incluido el afán experimentador. Eso sí, el atrevimiento del director se aparta de los elementos luminosos y abraza el tétrico componente sádico que, de manera sutil, siempre ha estado escondido en el viaje de Alicia.

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